

La comunidad breñense está conformada por un buen número de descendientes de inmigrantes y el comerciante Darío Hock, hizo este aporte como símbolo de amistas y hermandad, por el Día Nacional del Inmigrante y Camino al Centenario de Las Breñas.
“Toda historia tiene un principio y un final, pero cuando está atravesada por uno de los sentimientos más nobles del ser humano, no estoy convencido de lo segundo.
Cierro los ojos y retrocedo más de un siglo. Estoy en el año 1910, he viajado miles de kilómetros a través del océano. Ya en el continente, veo a dos pequeños niños jugar alegremente en el patio de una escuela de un pueblito llamado Weinheim, al sudoeste de Alemania. Comprendo que hace pocos días se conocieron y ya son inseparables amigos de travesuras. Me acerco y les pregunto sus nombres. -Erwin, Erwin Heinzelbecker, dice uno. El otro también se presenta: Karl, Carlos Hock. Les digo mi nombre y se ríen ruidosamente. No me conocen. Aún deben pasar muchas décadas para que eso ocurra.
El tiempo avanza, es 1914 y se desarrolla en Europa una guerra infame, atroz, larguísima, que involucra a muchos países y se cobra la vida de millones de personas. Cuando al fin culmina, la crisis humanitaria es tremenda. Buscando un futuro donde reine la paz, muchos emigran a países de los que apenas oyeron.
Año 1922, el joven Erwin llega a Argentina, al puerto de Buenos Aires; luego de un tránsito por otras ciudades, se radica en la zona rural de Las Breñas, en cercanías de la hoy conocida Curva Novoa. Allí en unas hectáreas de campo comienza a desempeñarse como agricultor y viendo que el porvenir es prometedor, le escribe una carta a su amigo Carlos invitándolo a venir.
-“Carlos, acá todo es muy lindo, hay tranquilidad y con lo que produce el campo, se gana muy bien”. Carlos responde que no tiene dinero suficiente para el boleto. Erwin lo ayuda girándole una parte. Carlos arriba al puerto de Buenos Aires en el buque Köln, el 8 de noviembre de 1923.
El puerto es un pequeño mundo en sí mismo, con gente que llega de lugares remotos para internarse en un país desconocido. Hasta aquí llegó Carlos, pero aún está distante de su destino y necesita ahora comprar otro boleto para alcanzarlo. Durante días, visita a todo aquel posible empleador, repitiendo las únicas cuatro palabras que sabe pronunciar en un duro castellano: -“¿Tiene trabajo para mí?”, pregona incansable. Trabaja como estibador en el mismo puerto, y gracias al salario obtiene el boleto de tren para viajar rumbo a la zona rural de Las Breñas, al encuentro de Erwin.
Transcurre el año 1925. Luego de haber trabajado dos campañas las tierras de Erwin y producto del esfuerzo de ambos, de las buenas cosechas, del alto valor de los productos y de las posibilidades que otorga el estado; Carlos logra obtener su propia chacra en el Paraje La Selva.
Es tiempo de buenas lunas, de primaveras floridas y de frutos dulces. Ambos crecen económicamente producto de su trabajo constante. Conocen a sus compañeras de vida. Se casan. Llegan los hijos y con ellos los nietos y bisnietos. Dejo a los amigos un momento.
Nuevos tiempos
Es 1985. En el colegio al que concurro, dialogo con otro alumno. Dice llamarse Germán Heinzelbecker. Le respondo, -soy Darío Hock. Me comenta que su abuelo le relata historias sobre un compañero de apellido idéntico al mío. Acordamos reunirlos.
Salgo del colegio y ansioso hablo con mi abuelo sobre Erwin. Queda pensativo, se emociona. Hace muchos años no se ven. El encuentro se concreta. Los dejamos solos. Las culturas se mezclan. Charlan en alemán mientras toman mates. Se ríen. Las horas pasan. Erwin debe regresar a su casa, pero nos dejan a Germán y a mí, solos en la vereda. Caminan hasta la esquina. Miro a los amigos abuelos desde atrás. Erwin marcha comentando algo. Carlos lo escucha atento mientras avanza con su particular manera de caminar, tomándose sus propias manos por la espalda. ¡Cuánto daría por retratar este momento en una fotografía! Llegan a la esquina. Los minutos pasan. Germán y yo, reímos. ¿Quizá la despedida nunca ocurra? Algo fuera de lo común sucede. Los abuelos que ahora superan los 90 años de edad, echan por tierra el concepto de frialdad alemana. Se estrechan en un abrazo sincero, fraterno y cálido; tatuándose en el alma el último encuentro en el mundo, mientras bautizan con sus lágrimas esta patria generosa.
Unos meses más tarde, Carlos toma la iniciativa de emprender un nuevo viaje. Su amigo lo imita un par de año después, cerrando el círculo pero no la historia. Existen quienes aseguran, que la verdadera amistad es eterna, como todo lo que nace producto de ella.
La actualidad
Avanza el año 2013 y las redes sociales son parte habitual de nuestras vidas. A través de ellas logro contactarme con nietos de un hermano de mi abuelo. Cruzamos información, fotos, detalles, anécdotas. Entre las fotografías que me envían, llama mi atención una nota de un diario local de Weinheim. En la foto del artículo puede verse a un señor cuyo nombre es, Erwin Heinzelbecker. El eterno amigo de mi abuelo regresó a visitar a su familia en el año 1960, y el acontecimiento queda registrado en el periódico. Dos temas son predominantes en la noticia. La vida en Argentina y el recuerdo del buen compañero, su amigo Karl Hock.
Suena la alarma de mi computadora. Son los primeros segundos de un día especial. Es 4 de septiembre de 2020. Se celebra hoy en Argentina el Día Nacional del Inmigrante, en honor a todos aquellos que impulsados casi siempre, por causas dolorosas, buscaron nuevos horizontes. Pero también, de algunos otros, que edificaron sus vidas sobre los cimientos indestructibles de la amistad.


