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COMINI: VOLVER A ESCENA, AUNQUE EL CUERPO DIGA VASTA (I)

El artista breñense Gustavo Comini anticipó lo que va significa volver a escena cuando el cuerpo parecía decir basta ya que encara un proyecto unipersonal que lo llevó a sumergirse durante casi cuatro años en el mundo del turf.

Rubén H. Mansilla · 26/10/2026

En tres entregas, por este medio, se contará la actualidad del actor y el proyecto que lo anima en este tiempo.
Con una extensa trayectoria en cine, teatro y televisión, y reconocimientos internacionales por su trabajo actoral, prepara su regreso a la escena; tras una lesión de columna que puso en duda su continuidad como actor, encontró en la figura de un jockey una manera inesperada de volver a construir un personaje y abrir nuevas preguntas sobre el cuerpo, la identidad y el paso del tiempo.
En cine, Comini participó en La pista para volver a casa, de Jazmín Stuart, donde compartió elenco con Érica Rivas y Juan Minujín, y en La pasión de Verónica Videla. También hubo producciones internacionales como Lucky Luke vinculada con Francia, y La Traque, con Franka Potente, en el ámbito europeo. Entre sus reconocimientos se destaca la Biznaga de Plata al mejor actor en el Festival de Málaga por la película Buenos Aires 4.5.
Ahora vuelve al teatro con una investigación que excede la construcción de un personaje. Junto a Eduardo Pérez Winter, director de la obra y compañero de una larga historia personal y artística, lleva tres años y medio de trabajo, casi cuatro, explorando los códigos de la hípica, la exigencia física de los jockeys y la vida cotidiana que transcurre detrás de cada carrera.
Volver a empezar
El punto de partida fue tan inesperado como personal, una lesión de espalda llegó a dificultarle seriamente la posibilidad de caminar y la actuación parecía quedar fuera de su alcance; entonces, se acercó al hipódromo junto a Carlos Morales donde imaginó a un jockey que se había caído del caballo y convivía con el dolor. Esa primera intuición le permitió encontrar una posibilidad de seguir actuando y terminó abriéndole las puertas de un universo que hoy conoce desde la observación, el entrenamiento y el contacto directo con sus protagonistas.
El resultado es un unipersonal alrededor de Caburé Carlos Morales, un personaje que le exige una transformación física, una investigación minuciosa y una mirada respetuosa sobre una comunidad con sus propios saberes, tradiciones y riesgos.
Regreso y construcción del personaje
Con respecto al regreso al teatro indica que “estaba casi imposibilitado de caminar por la lesión que tenía en la espalda y después tuve que atravesar una operación. Hubo un momento en que pensé que no iba a poder volver a caminar y que tenía que despedirme de la actuación por una cuestión física. Cuando llegué al hipódromo con Carlos Morales, pensé que, si hacía un personaje que se había caído del caballo, podía actuar con dolor, porque el dolor formaba parte de su historia. Era la única manera que encontraba, en ese momento, de seguir actuando. Esa fue la puerta de entrada al mundo del turf.
Lo que empezó como una posibilidad concreta de volver a actuar se convirtió en una investigación mucho más grande. El proyecto fue creciendo y me llevó a conocer un universo humano, físico y cultural que me interesó cada vez más”.
En ese tiempo le interesó, especialmente, la figura del jockey y todo lo que implica su oficio ya que es un trabajo que exige un dominio extraordinario del cuerpo, equilibrio, precisión y capacidad de reacción. Hay velocidad, riesgo y una relación muy particular con el caballo.
Destaca que “no quería quedarme sólo con la imagen de la carrera; quería conocer toda la vida que hay alrededor del turf, los peones, los cuidadores, los vareadores, los jockeys, los dueños de los caballos, los veterinarios y tantas otras personas que trabajan para que cada carrera sea posible. Detrás de esos
minutos en la pista hay una comunidad entera, con sus rutinas, sus saberes, sus vínculos y una enorme dedicación a los animales”.
La investigación lo llevó a pasar muchas tardes en mesas de turf, escuchando y aprendiendo de cuidadores, estudiosos de este mundo y periodistas especializados. Fue una experiencia muy valiosa, indicó, porque encontró un ambiente generoso, con gente dispuesta a compartir sus conocimientos y sus historias; además, tomó clases en la Escuela de Aprendices de Jockey con Edgardo Gramática, un jockey de gran trayectoria, y tuvo la posibilidad de montar un caballo pura sangre en el Hipódromo Real.
Una cosa es mirar una carrera desde afuera y otra es estar arriba del caballo, reflexiona, ya que ahí aparecen el equilibrio, la velocidad, la fragilidad y la exposición. También se entiende de otra manera el riesgo: el turf es una actividad en la que una caída puede tener consecuencias muy serias y por eso, mientras se corre, hay una ambulancia que sigue la carrera. Ese detalle le hizo tomar conciencia de la dimensión del peligro y de la responsabilidad que implica montar un pura sangre.